Salte la navegación

Las fuerzas del universo se autorregulan. Tan es así que he dejado de creerlo, una medida tomada no por mí sino por esa misma fuerza con el fin de preservar ese balance que se rompería apenas me acercase yo a descubrir de sus secretos. En resumen cuando todo parece chido siempre llega algo y le rompe la madre.
Como todo crítico de música, en realidad soy un roquero frustrado así que esta es mi reseña del evento presenciado el día viernes traído a nosotros simples mortales por el FIP 2008 y el colectivo (no es una combi) Interface.
El primero de la noche fue Hidekazu Wakabayazi, de Osaka quien nos conmovió con un concierto de piano que coqueteaba con el impresionismo de Debussy pasando por sonoridades ricas y armoniosas y asomándose a los senderos atonales del modernismo (moder-nismo no es meterse con la mamá de nadien) y el postmodernismo adornado además con sutiles efectos sonoros disparados desde una laptop que situaban al oyente en un ambiente onírico a la par de las imágenes proyectadas. Una sutil ambientación en la que incluso la vocalización de este finísimo músico nos conmovió por su belleza y buen gusto.
Posteriormente, Alexander Bruck, mexicano a pesar del nombre (es más, chilango para acabarla) lleno la noche con su violín interpretando música completamente atonal compuesta hasta donde entendí, por otros compatriotas. La música carecía de muchos elementos que consideraríamos primordiales en cualquier composición. Su principal objetivo es básicamente la expresividad y la sensación de movimiento y tensión generados por sonidos casi aleatorios. En términos humanos sonaba como si le estuvieran pegando a un bebé con un gato. y me cai (así con “i”) que no lo digo por mala onda. Después de todo ¿quién hace eso con un violín?
Cerró con una pieza en la que conectó su violín a una pedalera de efectos de guitarra. El resultado: aterradoramente perrón (?). Lo único malo es que la ambientación, también disparada por secuencias, a veces opacaba y casi anulaba el sonido del violín.
Por último, otro nipón, Ryuta Kawabata (si alguien sabe el gentilicio de Tokio háganmelo saber por favor, ¿tokianense? ¿tokiés?) que improvisó sonoridades creadas con una guitarra y hartas cositas como unas esferas de metal, unas botellitas de agua y así por el estilo, para crear lo que yo entendí como un sinte con oscilador pero así súper manual. Lo malo es que casi no se escuchaba y entonces estábamos los presentes con cara de mensos sin saber si lo que veíamos era ya parte del performance. En pocas palabras su acto fue: ¿vanguardista? Sí; ¿aburrido? también. Así que, ahora sí el buen Ryuta paso del “modernismo” al “desmothernismo”.
Eso es todo, chau bye.

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